El estrés nos impide prestar atención a lo que estamos haciendo y afecta a nuestra capacidad de almacenar información

El estrés laboral es malo para muchas cosas. Causa estragos en nuestro sistema inmunitario, problemas gastrointestinales y algunas investigaciones han demostrado que aumenta el riesgo de sufrir isquemia cerebral. La activación física que conlleva tener estrés de corta duración y de forma puntual facilita la concentración porque te hace estar más alerta. Pero cuando esta situación es continuada y se convierte en un estado crónico, es un problema. Dos de las capacidades cognitivas a las que afecta especialmente son la atención y la memoria.

El estrés laboral es una sensación subjetiva, una percepción de que las demandas del medio o las propias —la autoexigencia— son excesivas para los recursos que tenemos. Cuando tienes esa sensación de demasiadas cosas que hacer y poco tiempo o herramientas, tu cuerpo reacciona activándose. En realidad es una respuesta adaptativa que te prepara para luchar o huir ante un estímulo peligroso o amenazante. Sin embargo, según explica los psicólogos, “cuando esta activación se produce a diario y se cronifica, aparece el estrés patológico, que causa problemas para la salud física y mental”. Entre ellos, la pérdida de memoria a corto plazo.

¿Y qué tiene que ver todo esto con la memoria? Resulta que el estrés afecta al hipocampo, una estructura cerebral clave en la memoria y en el proceso de aprendizaje. Aunque hay posiciones encontradas, algunos estudios apuntan a que el cortisol es el responsable de que esta estructura cerebral se vea afectada. La función principal de esta hormona es preparar al organismo para los momentos en los que es necesario estar alerta.

Cuando estamos trabajando en muchas cosas a la vez —la temida multitarea y una situación clásica de estrés—, tenemos la atención dividida y no somos capaces de almacenar muchos datos que se nos pasan por alto. “La activación que genera el estrés nos hace creer que podemos hacer varias cosas a la vez pero en realidad esto es contraproducente”, explica Irene. “Es más productivo hacerlas de una en una, lo que también reduce el estrés”.

Si esta situación es recurrente, nuestras preocupaciones acabarán llevándose gran parte de nuestra atención y es entonces cuando nos resulta complicado recordar datos aparentemente “tontos”, como dónde has aparcado el coche o dónde has dejado las llaves o el móvil. La clave está en que no almacenamos bien la información, y no tanto en cómo la recuperamos. Esto sucede principalmente porque cuando estamos estresados de forma continua nos resulta más complicado focalizar la atención. “En lugar de atender a lo que estamos haciendo, estamos poniendo la atención en nuestros pensamientos, actuando mecánicamente y comportándonos de forma dispersa”, explica Ana.

Cuando los síntomas físicos son muy obvios —como tener la cabeza embotada o sentir palpitaciones—, tu foco atencional tiende a centrarse en tus sensaciones, dejas de prestar atención de calidad al entorno y sientes que no puedes pensar con claridad. Por eso también cuesta más tomar decisiones y sentirse seguro de lo que se está haciendo. Algunas personas pueden sufrir pequeñas lagunas y olvidar el contenido de una conversación que acaban de tener con un compañero, por ejemplo.

Nuestra asociada Alejandra Sánchez, abogada laboral y especialista en coaching, representante de Bével, refuerza esta idea pero añade que también puede tener alguna repercusión en la memoria a largo plazo como daño colateral. “El estrés afecta al sueño y nos impide descansar y dormir profundamente. Al tener menos fases REM —la fase del sueño profundo en la que se sueña y se consolidan los recuerdos y la información almacenada durante el día— no se pasan los datos a la memoria a largo plazo”.

Precisamente dormir mejor es una de las recomendaciones que hacen los expertos para reducir los niveles de estrés y sus efectos en la memoria. “Hay que dormir entre siete y nueve horas y hacer lo posible porque sea un sueño profundo, como utilizar tapones, antifaces o infusiones”, explica Irene. También señala que hacer ejercicio físico con regularidad mejora la ansiedad, el estado de ánimo y la capacidad de atención y memoria.

“Es importante potenciar las actividades creativas, sobre todo cuando el estrés nos está diciendo que no tenemos tiempo para eso, porque ese momento es justo cuando necesitamos desconectar el cerebro y darle tiempo a nuestra mente para no pensar en nada”, apunta Irene. También recomienda tener una agenda donde apuntar las cosas poco importantes (como un número de teléfono o una cita) porque memorizarlas nos genera preocupación por si se nos olvidan y la sensación de tener demasiadas cosas en la cabeza.

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